“Terres dels Alforins”, tierra de vinos y de bodegas con memoria

La visita a las bodegas Celler de Roure es una buena excusa para conocer la comarca de La Costera, que ha sabido reinventarse y convertirse en una de las zonas vinícolas con más personalidad de la provincia de Valencia 

Francisco Estellés/ @siskoestelles

Son las diez de la mañana. Es sábado, y acabamos de atravesar Moixent para dirigirnos a conocer las bodegas Celler de Roure, de Pablo Calatayud, por la carretera de Les Alcusses.

La mañana es soleada y cálida. Con dieciséis grados de temperatura y un sol radiante, la carretera comarcal que une los pueblos de Moixent, Fontanars dels Alforins y La Font de la Figuera es un auténtico espectáculo de colores, de terruños color ocre, y de rojos otoñales de unas vides que jalonan los once kilómetros que separan el municipio de La Costera y las bodegas. Aquí, en pocos kilómetros, conviven, “Casa Los Frailes”, “Bodega Daniel Belda”, “Rafael Cambra”, “Los Olivos”, “Bodegas Arraez”, “Bodega el Poblet”, o “Pago Casa Gran”, entre otras.

Es una carretera sinuosa, sepenteante, en la que en  a la salida de cada curva nos descubre un paisaje de bancales de viñas, de masías, de casas labriegas de secano, que dividen la Serra Grossa para formar una paleta de colores otoñales.

Los cultivos de secano se abren paso al margen izquierdo del valle. Hoy son tierras áridas y arenosas tras la vendimia. Cepas limpias, viñedos de color granate, amarillo pajizo, y una tierra seca en un otoño en el que apenas ha llovido. Sin embargo, después de una primavera lluviosa y un verano caluroso, la vendimia ha sido excelente. La producción de vino ha sido óptima. Puede ser un buen año para las bodegas de les ‘Terres dels Alforins’.

Seguimos nuestra marcha recreándonos en el paisaje. Intuimos el Poblado de Les Alcusses, a la izquierda del nuestro sentido de nuestro recorrido. Es una magestuosa montaña magnética de más de 300 metros de altura  que se impone en el valle, donde se asentaron los íberos, en el siglo V AC, en un poblado fortificado donde se estableció una sociedad de élite, altamente jerarquizada y muy modernizada. 

A los pies del poblado, en sus estribaciones, una pequeña señal pegada al arcén nos advierte de que debemos cruzar porque hemos arrivado a la finca de la bodega. Hemos llegado a nuestro primer destino. Se extienden los viñedos, y mientras atravesamos la carretera de tierra que nos lleva a las intalaciones de Celler de Roure, tres simpáticos asnos levantan la mirada al advertir nuestra presencia. 

Aparcamos, echamos pie a tierra, respiramos aire puro, y contemplamos nuestro entorno. Apenas unos instantes después nos saluda Natalia, ella será nuestra guía por las bodegas. Ella nos descubrirá gran parte de la historia de las bodegas de la familia Calatayud.

Bodegas Celler de Roure/ Fotos: @siskoestelles

Pasadas las diez y cuarto llegan el resto del grupo que conformamos la visita concertada. Han venido desde Valencia, Horta Nord, Camp de Turia. Un número reducido de personas debido a las limitaciones y normas de seguridad impuestas por el COVID-19. Nos saludamos, nos presentamos, eso sí, todos con mascarilla. Somos un grupo heterogéneo de personas inquietas a las que nos une la pasión del mundo del vino.

Natalia nos hace una pequeña explicación de las instalaciones que vamos a conocer; del edificio principal donde están las tinas donde se procesa de manera artesanal el vino, las barricas, las oficinas o la tienda. A continuación nos lleva a un porche de cañizo desde donde se divisan los viñedos y una parte del valle, y tras unas breves explicaciones de referencia, nos adentramos en las bodegas subterráneas.

Recuperar la Mandó y la tradición vinícola ancestral

Natalia nos conduce a La Bodega Fonda, una construcción que han recuperado la familia Calatayud, y que data del siglo XVII. Una angosta, pero bonita escalera de piedra es el acceso a las bodegas. Remozadas en forma circular, la entrada y la salida confluyen en un punto común de una estructura con forma de U invertida. Entramos por la parte derecha y empezamos el recorrido bajo tierra, donde las enormes tinas de barro están soterradas en la estructura excavada en la piedra. Son más de 2.000 litros, en total, los que se almacenan en estas gigantescas tinajas soterradas.

En ellas reposa el mosto recolectado en la vendimia de hace apenas un mes, para convertirse en vino. Tras una primera fermentación en las tinas de acero que están en superficie, gracias a unas enormes mangas, es trasvasado a las tinas subterráneas de las ancestrales bodegas centenarias.

Visita a la Bodega Fonda/ Fotos: @siskoestelles

Es el lugar destinado para las variedades autóctonas que ha recuperado Pablo Calatayud. En ellas reposan y conviven las uvas y mostos que se transforman. De todas ellas tiene mayor protagonismo la uva Mandó. Una variedad que estuvo a punto de desaparecer, pero gracias al trabajo de recuperación de las viejas cepas de la zona por parte de Pablo Calatayud, ahora mismo en Celler de Roure se elaboran hasta cuatro vinos que contienen esta uva extremadamente delicada, pero muy agradecida para su consumo, gracias a su  versatilidad y frescura.

Lo mismo ocurre con la Monastrell, una uva también recuperada pero que está totalmente arraigada y asentada a los terruños de la Comunitat, y cada vez más presente en los excelentes vinos que se hacen en la terreta. En las bodegas también reposa la garnacha tintorera, en menor porcentaje, y elegida para según qué el vino de la bodega.

Natalia nos conduce por el interior de la bodega explicándonos el proceso vinificador. Nos cuenta que la uva Mandó de los vinos “Safrá”, “Parotet” y “Cullerot”, -este último vino elaborado con Monastrell-, reposan en estas tinajas. Nos habla también del novedoso ‘Les Prunes”, un monovarietal, rosado, elaborado con la Mandó, y como dice su contraetiqueta, que es “vi verge”, mosto sin pensar.

Natalia nos guía por las bodegas, esta vez ante las barricas de «Les Alcusses» y «Maduresa»/ Fotos: @siskoestelles

Seguimos recorriendo la ‘u’ invertida. Abandonamos el subsuelo y nos dirigimos a las barricas de madera de roble francés, en otra estancia, donde descansan los tintos santo y seña de la marca; El primer buque insignia de las bodegas, es el tinto “Maduresa” 80% Monastrell, y 20%  Cariñena.  Y el versátil, elegante y reconocido “Les Alcusses”, producido con Monastrell 60%, y en menor porcentaje, Tempranillo, Merlot, Syrah y Cabernet Sauvignon. Dos caldos icónicos con los que la marca ha crecido y reconocido mundialmente.

El valor de la tierra

La visita está terminando. Como fin de fiesta falta la pequeña cata que nos han preparado en uno de los edificios contiguos, en el que además de aperos labriegos, calderos y paellas, hay un amplio comedor con una enorme mesa donde nos espera un aperitivo con queso, embutido de la zona, y buen pan de obrador para acompañar la cata del Cullerot, el Vermell, y Les Alcusses. 

Momento para disfrutar del trago largo, de los matices de la Mandó, de la frescura y elegancia de la Monastrell, o la autenticidad de los vinos elaborados en las tinas de barro. Un placer para los sentidos.

Nos despedimos de Natalia y de nuestros eventuales compañeros de visita comprando unas botellas para disfrutarlas en casa. Nos vamos satisfechos por comprobar, in situ, como en la Comunitat Valenciana se elaboran vinos de calidad sin renunciar al romanticismo de recuperar bodegas, variedades autóctonas, cepas viejas, y terruños con mucha historia. 

Vista de los viñedos desde el poblado ibérico de Les Alcusses/ Foto: @siskoestelles

Nos vamos encantados de haber visitado unas bodegas y una zona, “Terra dels Alforins”, donde propietarios, familias de agricultores y bodegueros saben que su mayor riqueza es su acervo cultural de las tierras que pisan, que trabajan y cultivan. Tierras en las que han nacido y hacen crecer los viñedos que producen vinos de altísima calidad gracias a la pasión y el amor que profesan a sus orígenes.

Nos despedimos de Natalia y de nuestros acompañantes en la visita a Celler de Roure. Toca parada y fonda; Parada en “Les Bastides de Les Alcusses”, para entender el entorno e historia de la zona, y fonda en “Ca Pitxó” para reponer fuerzas con la gastronomía autóctona en un entorno idílico, pero esta será, quizás sea otra historia.

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Fotos: @siskoestelles